Sentado en la Taberna Quinito, la más típica de Cazorla. Plaza de Santa María, dónde se parte el bacalao.
Tapas y vino de la tierra. Servicio esmerado y comida casera. Carteles de cuando el café era de olla. Me encanta. Justo a mi lado, pruebas de sonido en el escenario para mañana. No se puede pedir más.
Bueno, si.
Vino con gaseosa, con dos tapas por cada tanque. El paraíso. Pero estoy fastidiado porque se ha puesto malo el padre de mi amigo Miguelón. Confío en que sea poca cosa.
Casi cinco horas para llegar, pero es que la culpa es mía. Como soy un fumador tremendo (odio eso de empedernido, si no fuera por el tabaco la gente ni sabría qué significa), que fumo mucho, decía, de manera que cada horita o por ahí coincidiendo con algún pueblo con bar, parada y fonda.
Y no lo tenía pensado, pero me ha caído tan bien la camarera de Fátima, provincia de Granada, (no tienen virgen ni nada de eso, están cansados de tener que aclararlo), que me he quedado a comer.
Dieciocho años recién cumplidos (recuerdos, Olga, lo prometido es deuda) y total desconocimiento hasta del significado de la palabra "blues", deficiencia que ha enmendado vuestro amigo Rafa con la música que lleva cargada en el móvil en el tiempo que duran un par de tientos de orujo. Porque tiene que trabajar, que si no me ha dicho que se venia conmigo.
Y poca cosa más. Los paisajes, tremendos. La gente, estupenda. La piscina del hotel, fantástica. Tiene hasta guiris en topless. Ya os pondré alguna foto en el resumen de la aventura del domingo (o del lunes). Pero no os hagáis ilusiones, las fotos son de los paisajes.
Frase del día, sacada del sombrero porque ahora mismo no tengo conexión:
Un caballero se avergüenza de que sus palabras sean mejores que sus actos. Confucio

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