Que trabajo me cuesta a veces acordarme que hice ayer. Una de las cuales no fue publicar, por cierto. Ese es el problema. No es que esté obligado, es que ya tengo vicio de escribir aunque sea sobre casi nada. Aún así, el post de hoy ni se merece el número veintiocho.
Vamos a ver. Me levanté temprano, me tomé un vaso de leche en el bar que hay junto al taller de Toni en Zarandona, quedé con él para hacerle la revisión a la moto para irme a Cazorla, fui a la caja de ahorros, pasé por Correos a recoger un certificado, fui a la nave a ver a mi jefe, le hice fotos a un coche nuevo que hemos traído, pasé también por la exposición a hacer fotos a otro que me había pedido un cliente y por la tarde, trabajito especial fuera de concurso.
Viaje a los Narejos a sacar del agua un barquito velero de fibra, no de cáscara de nuez, que le han regalado a mi jefe. El día anterior había naufragado con él, no me preguntéis como es posible volcar en un palmo de agua, pero así ocurrió, doy fe.
Adivinad a quién le tocó meterse al mar a acercar el barco a la orilla. Después lo pusimos bocabajo para que drenara todo el agua que llevaba dentro. Y luego lo cargamos en peso en el remolque, donde se rompió el casco, terminó de salir el agua que quedaba y echamos por la borda, nunca mejor dicho, todo el trabajo.
Por lo menos después nos fuimos a comer algo sólido. Marisco, como siempre que mi jefe invita a merendar, cenar o lo que sea. Él es así.
¿Pero creeis que merecía la pena escribir algo de esto?
Aunque realmente fue un buen día.
Me explico:
La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días. Benjamin Franklin

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